El lento proceso de la
muerte
La muerte termina con la actividad de nuestro organismo. El cuerpo, desprovisto de vida, comienza a descomponerse tras el último impulso cardiaco y, al cabo de un tiempo, lo que fuimos queda reducido a un descarnado esqueleto, que a su vez al final será solo polvo. Pero la muerte es un lento proceso físico y mental que forma parte de la misma naturaleza. Si admitimos alguna trascendencia para el espíritu, no todo acaba en la putrefacción de los tejidos y en la desintegración de los huesos.
Hace algunos años todavía se hablaba de la existencia de un inconcreto instante, frontera entre la vida y la muerte, en el cual el ser humano aún palpitante y animado del hálito vital exhalaba su «último suspiro», pasando a convertirse en un cuerpo inerte incapaz de ejercer sus funciones orgánicas.
La moderna Tanatología (ciencia de la muerte biológica) ha puesto en entredicho muchas viejas creencias y ha anatematizado multitud de prejuicios sin fundamento. No existe tal momento crucial. La muerte es un largo proceso que comienza con el fallo de ciertos mecanismos orgánicos y concluye con la putrefacción casi absoluta de todos los tejidos del animal o del hombre, si excluimos a la resistente y admirable arquitectura del sistema óseo.
Si poseemos un sentido trascendente de la vida, si aceptamos que además de nuestro cuerpo físico formado por moléculas químicas y átomos, coexiste con nosotros una entidad no dimensional a la que denominamos alma, espíritu o energía vital, tal vez exista ese instante supremo en que aquello se desvincule de nuestro cerebro. Pero no necesitamos asociar el concepto de vida al de alma como si fueran la misma cosa. Ese error ha creado fricciones entre la moderna biología y las escuelas religiosas y filosóficas trascendentalistas.
Quizá comprendamos mejor estas ideas si seguimos paso a paso el lento proceso de la muerte.
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Antiguas certezas de muerte |
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