Durante muchos años los médicos forenses y muchos fisiólogos han mantenido
largas discusiones para determinar qué fallo funcional, qué órgano esencial
sería el responsable, con su destrucción, de la muerte global del anima o del
ser humano. Nadie ha presentado pruebas irrefutables de que cierto sistema
orgánico prime absolutamente sobre los demás. La experiencia nos dice que tal o
cual tejido pueden necrosarse (morir) mientras los demás pueden seguir
subsistiendo aun sin riego sanguíneo. En condiciones favorables el corazón
puede seguir funcionando hasta una hora y media después de interrumpirse el
flujo sanguíneo. El hígado, hasta treinta minutos, los pulmones llegan a los
cincuenta y cinco minutos, los riñones subsisten una hora, mientras el cerebro
apenas resiste nueve minutos.
Sin embargo, el cabello sigue creciendo en algunos cadáveres. Muchas
células continúan vivas con un mecanismo metabólico precario y a los cinco
años, cuando en el féretro sólo quedan los despojos óseos, todavía resta
alguna actividad bioquímica en el esqueleto. Cuando esto cesase por completo en
las reliquias casi fosilizadas, podríamos hablar con propiedad de muerte
absoluta. No obstante, entre todos los sistemas que integran esa maravillosa
máquina que es el ser humano, ninguno tan perfecto y esencial como el mecanismo
nervioso. Nuestro SNC (sistema nervioso central) es un prodigio que los más
sofisticados ordenadores electrónicos distan mucho de igualar...
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